Rostros de-velados en la pintura de Héctor Ernández

 

 

Por Susana Benko.

Realizar esta serie de relatos en torno a los rostros emblemáticos representados en el arte venezolano y en el arte universal nos hace recordar a aquellos que pintara el artista Héctor Ernández. Su estilo pictórico era claramente identificable por la contundencia de sus figuras, por su apego al dibujo y los recursos gráficos usados al intervenir sus fondos, por la brillantez que lograba por el uso en ocasiones de hojillas de oro y tantas otras peculiaridades más. Recordarlo ahora es imperativo, pues, además, hace un año ocurrió su lamentable partida física en Barcelona, España.

Desde los inicios de la década de los ochenta, él trabajó sin parar. Mantuvo desde entonces constancia y disciplina férreas. Era un artista integral: músico, escritor, docente y, por supuesto, artista plástico. Se mantuvo fiel a la figuración, sea representando seres míticos como ángeles celestiales, o animales de fuerte resonancia simbólica, tales como caballos y toros, o bien objetos de carácter lúdico, como tableros de ajedrez y carruseles. Sin embargo, la mujer fue su protagonista principal.

Ella aparece bajo diversas modalidades formales y simbólicas: unas veces es una figura celestial, otras es profana, o bien pudiera ser la evocación de un recuerdo familiar. No importaba si provenía de una fotografía de una modelo real que luego la reinventaba para una nueva ficción. A él le gustaba evocar imágenes femeninas de diversas épocas. Era una forma de devoción, halago u homenaje hacia la mujer.

Esta podía presentarse con una expresión dulce, luminosa como una dama solar o de las aguas, o, bien como la noche, oscura, con un aura fantasmal. Son rostros que se develan a través de transparencias o, por el contrario, se ocultan a través de manchas, grafismos o siluetas que se les superponen. En cualquiera de los casos, ello era producto de su observación de los procedimientos pictóricos de grandes maestros, como el claroscuro de Leonardo da Vinci, y, en particular, la obra de Rembrandt, el maestro del barroco neerlandés. Fue de especial importancia ver cómo este dibujó las figuras sobre la tela para luego aplicar capas de veladuras dejando entrever los trazos que daban forma a la imagen. Fue por Rembrandt, que Ernández asimiló esta forma de proceder y aprendió cómo, luego de aplicar una base oscura al cuadro, podía progresivamente ir hacia la luz.

Ello ocasionó una interesante inversión de la relación figura-fondo. Este último quedaba, en ocasiones, superpuesto a la figura. Este y otros recursos le permitieron asociar lo sagrado con lo profano, sea por su manera de trabajar el color o la línea cuando la usaba como contorno de las figuras, lo que acentuaba esta idea de sacralidad.

Descontextualizar, develar, encubrir, alterar y subvertir, eran las estrategias que utilizó Ernández para crear la imagen de una mujer universal. Una mujer que podía trascender estilos y épocas, trastocando así la noción de temporalidad. Esta mujer, en medio de veladuras y transparencias, ocupa siempre un puesto central, de-velándose entre la luz y la oscuridad.