Arman y la nueva realidad

 

 

Por Susana Benko.

Frente a la estación Saint Lazare en París se encuentran dos esculturas muy peculiares. Ambas semejan “obeliscos” pero de objetos acumulados haciendo referencia al mundo industrializado: una con maletas de bronce apiladas titulada Consigne à vie que podemos traducir como Depósito de por vida; la otra con relojes superpuestos llamada L’heure de tous (La hora de todos). Ambas remiten al viaje, al traslado, al paso del tiempo, y por eso están en ese preciso y emblemático lugar. Son dos piezas urbanas que realizó en 1985 el artista francés Armand Pierre Fernández, mejor conocido como Arman.

Nacido en Niza en 1928, Arman vivió una infancia feliz pese la precaria situación financiera familiar. Vivió en medio de acumulaciones de objetos pues su padre, músico y pintor, se rodeaba de materiales e instrumentos musicales; su bisabuelo coleccionó vehículos y su abuela hilos y tapones en cajas de cartón. Arman, por su parte, coleccionó juguetes. Este cúmulo de cosas, y otras más, aparecerán en su obra artística posterior.

Vivió la Segunda Guerra Mundial. Fue testigo de los vuelos incesantes de aviones modernos y sus consecuentes explosiones. Conoció el hambre y la solidaridad con el prójimo. También la destrucción y la proximidad de la muerte. Terminada la guerra, se inscribió en la Escuela de Artes Decorativas de Niza, y en 1947, durante sus clases de Judo en la escuela de la Policía de esa ciudad, conoció a Yves Klein con quien entabló gran amistad. Ambos formarán parte del movimiento conocido como “Nouvelle Réalité”, (Nueva Realidad) tal como lo promovió el crítico Pierre Restany, su fundador.

Al mudarse a París en 1949, Arman prosiguió estudios en el Louvre. En esta época formativa fue perfilando los intereses que consolidarán su obra futura. Es así que en esos años cincuenta, tres importantes personajes tuvieron en él fuerte impacto: el tipógrafo holandés Hendrik Nicolaas Werkman, de quien Arman extrajo el recurso de la repetición, una constante en su obra; Kurt Schwitters, de quien aprendió el valor de los desechos y su reinserción como materia artística en sus collages y ensamblajes de objetos encontrados; y Jackson Pollock, artista del expresionismo abstracto norteamericano, de quien se interesó por su procedimiento de cubrir con pintura y chorreados toda la superficie de la tela hasta el borde. Estos tres referentes fueron determinantes en él tanto en su obra pictórica como en relieves y piezas volumétricas.

Con el tiempo Arman abandonó la pintura y se acercó cada vez más al objeto. Su pasión por coleccionar iba en aumento y, a partir de 1958, realizó su particular “reciclaje” de cosas trabajando de tres maneras: 1. utilizando la gestualidad pictórica cuando, por ejemplo, aplicaba pigmento directo del tubo sobre los objetos; 2. acumulando y serializándolos visto en cajas como en las esculturas de maletas y relojes que hemos antes comentado, y, 3. usando la violencia al destrozar pianos y muebles en su serie de Cóleras. Todo ello son gestos, al fin y al cabo, que determinan el estado de los objetos sometidos a una acción dinámica como su personal procedimiento artístico.