Rilke: El parís de malte

Quienes me han acompañado hasta aquí a lo largo del desarrollo de nuestro Año Rilke, saben lo significativo que fue París para la formación estética del poeta. En París, Rilke aprende a ver, como él dice. Entiende cómo un escultor como Rodin concibe sus objetos, los piensa y los realiza, todo el trabajo paciente y minucioso que está detrás de cada logro, de cada hallazgo. Con un pintor como Cézanne, entiende, por su parte, lo que significa el color para la pintura: el elemento esencial que le proporciona no sólo su autonomía sino su exactitud. Con ambos aprendizajes, el poeta inmaduro que era Rilke al llegar a la gran ciudad va consolidando, aquilatando pacientemente, la coherencia de su propuesta poética, encontrando el camino de su propia voz, esa voz cada vez más poderosa que, de la disciplina exigente que permite la escritura contenida de los Nuevos poemas, pasará en poco tiempo a la expansión visionaria de las magníficas y apabullantes, sublimes Elegías de Duino.
Pero como el mismo hablante de la última de esas elegías, la décima, insinúa e invita a pensar, París fue también para Rilke la ciudad del dolor, allí aprendió que el sufrimiento existencial es “nuestro follaje de invierno, nuestra oscura pervinca, […] lugar, asentamiento, lecho, suelo, residencia”. No es que Rilke no hubiera sufrido antes de llegar a París, pero es aquí, en la soledad y en la estrechez, donde ese sufrimiento se le revela en toda su compleja sustancia de sedimentos y de corrientes oscuras, y le permite reconocer no sólo su valor psíquico y espiritual, sino su valor ético, y como consecuencia de ello, su valor estético. Así también aprende a ver el joven poeta: no hacia el exterior pululante de contrastes que da lugar a las visiones plásticas que se recogen en las Cartas sobre Cézanne, sino hacia el interior tumultuoso donde el hombre se encuentra con sus propios fantasmas, los enfrenta y los elabora, trascendiéndolos en forma estable y en experiencia comunicable.
Los apuntes de Malte Laurids Brigge son la manifestación más clara de esta etapa formativa del poeta, donde las vicisitudes de su alter ego, en esa París hostil y compleja, que al mismo tiempo lo atrae y lo repele, que lo zarandea de aquí para allá poniéndolo a prueba, midiendo su capacidad de resistencia y la fuerza de su propio carácter, le permiten a Rilke adquirir una entereza y una confianza en sí mismo y en su trabajo que no tenía antes. El personaje imaginario y el relato de sus peripecias le sirve de espejo para reconocerse a sí mismo en su calidad de hombre y de creador. Las Cartas a un joven poeta están escritas durante este mismo período de crecimiento: son la expansión íntima de esa novela de formación con la que Rilke, que siempre fue un excelente narrador, inventor de mundos, se recreó a sí mismo por persona interpuesta y asumió plenamente, por fin, su vocación y su identidad.
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