Rilke en París: las lección de Rodín

Bajo la influencia de París, le dice Malte a su corresponsal en los Cuadernos, “se formó en mí una comprensión muy diferente de las cosas; existen ciertas diferencias que me separan de los hombres, más que todas mis experiencias anteriores. Un mundo transformado. Una vida nueva llena de significados nuevos. En este momento siento un poco de vergüenza porque todo es demasiado nuevo. Soy un debutante de mis propias condiciones de vida”.
París implica para Rilke, pues, como para su personaje, no sólo la experiencia de un rito de paso sino la experiencia de un rito de iniciación. En medio de las tentaciones que la ciudad le impone y le propone, y en las cuales ambos, Rilke y Malte, han caído, tomando el riesgo de vivirlas, aceptando su desafío, cada uno a su manera se convierten, en efecto, en debutantes de sus nuevas condiciones de vida.
Para Rilke, que llega a París con el encargo de escribir una monografía sobre Auguste Rodin, este debut implicará el encuentro con el maestro que todo joven artista necesita en ese período crucial de su formación en que todo es ignoto y todo está por empezar, y no se tiene experiencia, y sólo se conoce el balbucir de las primeras manifestaciones de la vocación y del talento. Si París lo oprime, si París lo arrincona, si París lo expulsa a los márgenes donde no tiene más remedio que identificarse con los más desasistidos, con los clochards, con los saltimbanquis, con los vagabundos, Rodin, su vivir y su obrar, le proporcionará la fuerza necesaria para no dejarse abatir por las tentaciones, como un anacoreta que resiste los embates de las seducciones mundanas y las trasciende. En una carta de 1912, Rilke le confiesa a su amigo Norbert von Hellingrath que, sin la presencia de Rodin, nunca hubiera podido sacar provecho de la avasallante multiplicidad parisina, eso que él llama “el enjambre zumbador” de la ciudad. Gracias a Rodin, afirma, “gracias a su obra viviente, […] me acostumbré al ser inconmensurable que él había enfrentado”.
Antes de llegar a París, Rilke le había escrito al maestro, el 1 de agosto de 1902: “Es trágica la suerte de los jóvenes que presienten que les será imposible vivir si no logran ser poetas, pintores o escultores y no encuentran el consejo verdadero, hundidos en el abismo del desaliento, buscando un maestro poderoso; no son palabras ni indicaciones lo que buscan, sino un ejemplo, un corazón ardiente, manos que sepan hacer grandeza. Es a usted a quien buscan”. Y, en efecto, Rilke encontró en Rodin ese corazón ardiente y esas manos capaces de construir grandeza.
Observando cómo vivía y cómo trabajaba el maestro, Rilke se encontró a sí mismo como artesano de la palabra, como constructor de la propia grandeza de su lenguaje poético. “No fue sólo para escribir un estudio que viene hacia usted, le dice, en otra carta, fechada el 11 de septiembre de 1902. Llegué para preguntarle ¿cómo se debe vivir? Y usted respondió: trabajando. Lo comprendo. Bien comprendo que trabajar es vivir sin morir”. Rilke deriva de Rodin, como luego lo hará, en relación con la vida y el pensamiento y la obra de Cézanne, una ética y una épica del trabajo, la concentración en el propio métier como única manera de vivir genuinamente.
En una carta a Lou Andreas Salomé, fechada el 8 de julio de 1903, le dice: “¡Oh Lou! En un poema que yo sé bien logrado hay mucha más realidad que en cualquiera relación o inclinación que yo sienta. Estoy completamente convencido de lo que creo, y yo quisiera encontrar la fuerza necesaria para fundar mi vida enteramente en esta verdad, sobre esta infinita sencillez y alegría que a veces me es dada”. Y añade: “Ya al ir hacia Rodin buscaba yo eso, pues, sin sospecharlo. […] Ahora que vengo de él, sé que tampoco yo debería exigir ni buscar otras realizaciones que las de mi obra”.
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