Mercedes Pardo y la contemplación de la belleza

 


 

 

Por Humberto Ortiz.

Contemplar una obra de Mercedes Pardo es entrar en un territorio donde el color y las formas dejan de ser decoración para convertirse en experiencia. Ante sus superficies, el espectador no encuentra una escena a reconocer ni una historia a descifrar, sino una disposición de tonos, planos, vibraciones y silencios que demanda una atención lenta, receptiva, más cercana a la sensación que a la explicación.

El valor estético de su obra reside en esa capacidad de hacer sensible lo abstracto. Pardo no representa emociones, las construye. Su pintura no ilustra sentimientos; organiza condiciones perceptivas para que el espectador los experimente. Su abstracción es así profundamente evocadora.

Esa sensibilidad respira objetividad gracias a estructuras formales precisas que la contienen. El color no aparece como una mancha arbitraria, sino como un elemento que se relaciona con otros: se tensa, se apacigua, se desplaza, se abre o se repliega. Pardo crea ritmos de lectura: el ojo avanza, se detiene, regresa, descubre nuevas relaciones. Sus obras funcionan como partituras visuales, donde cada tono ocupa un lugar y modifica el sentido de todos los que lo rodean.

La artista articula espacios que se abren, se superponen y disputan dentro del plano. Algunas zonas parecen acercarse, otras alejarse, otras permanecen suspendidas. Esa movilidad impide que la mirada se fije en un único punto. La obra se hace un campo de relaciones donde cada elemento –por pequeño que sea, por contrastado que parezca- participa de una totalidad equilibrada en sí misma.

Su propuesta está inscrita claramente en lo contemporáneo: cada espectador puede recorrerla de manera distinta, descubrir ritmos propios y activar sus asociaciones. Esa apertura está unida a una experimentación constante. Pardo investiga el color, la mancha, el soporte y las posibilidades del espacio sin someterse a fórmulas fijas. Su abstracción es una búsqueda que se renueva en cada obra. El lenguaje plástico parece tocar sus límites, probar sus posibilidades; así se manifiesta la fina sensibilidad de una artista que se deja llevar por el oficio.

La contemporaneidad de su obra no rompe la idea tradicional del placer de lo bello. La belleza aparece como un acorde visual que sorprende y nos hace reconocer aquello que íntimamente aspiramos: el equilibrio vivo desde nuestra materialidad.

Mercedes Pardo nos recuerda que la abstracción es intensamente humana. Sus formas coloreadas nos hablan de cómo sentimos y habitamos. Contemplar su obra es permitir que la mirada se libere de la urgencia moderna y descubra que la belleza es, ante todo, una profunda atención a lo vital.