Lo divino y lo común

 


 

 

Por Humberto Ortiz.

En el siglo XIX, Hegel planteó que los humanos empezaron a reconocer el carácter espiritual de la existencia al moldear la materia natural para realizar cosas. Así fue como la humanidad advirtió la presencia de alguna entidad –quizá entidades- que nos brindaba una perspectiva vital menos inmediata. La expresión de una posible fuerza divina entre nosotros habría comenzado con la arquitectura que, al tomar los elementos como la piedra, albergó y protegió a una comunidad.

Se ha hablado mucho del cristianismo del pensador alemán y de cómo toda su dialéctica histórica apuntaba al reconocimiento racional de una unidad absoluta. Pero yo quisiera quedarme hoy con esos inicios que él planteaba.

Si la construcción arquitectónica contribuyó a hacer comuna al reunir bajo una misma protección a grupos de personas que se necesitaban, el espacio interior se convirtió, entonces, en el lugar donde lo divino podía recogerse, centrarse, para mantener unidos a los miembros de una tribu.

Este arraigo de lo divino en un espacio compartido sufrió transformaciones a medida que la cultura mediterránea consolidaba los cimientos de Occidente. Aquella arquitectura primigenia que unía a la tribu se transformó en espacios para las ceremonias estatales -como en Egipto o Mesopotamia- hasta convertirse directamente en una fuerza política en las ciudades griegas y en el Imperio romano. Los dioses dejaron de ser solo protectores comunitarios para convertirse en los guardianes de las leyes y las jerarquías del Estado. El culto sagrado se hizo un mecanismo de control social, de poder público.

El uso político de los cultos divinos se convirtió en una compleja burocracia de control durante el Imperio romano. Se abrió la noción de la religión como una disciplina que ligaba a los ciudadanos a sus cultos. Ante este panorama, maduraron y florecieron a lo largo del Mediterráneo las hoy llamadas “religiones mistéricas”, con las que los particulares buscaban un sentido más profundo de trascendencia. La religión se hizo un camino de salvación personal e iniciación individual que implicaba el repliegue hacia el alma. Cuando el cristianismo se hizo la religión oficial del Imperio, la religión del alma fue la única vía de una salvación también social.

Hoy, cuando lo sagrado no se sostiene sobre “la piedra” de las construcciones humanas, cuando la tierra reclama su materialidad, la fuerza divina parece dispersarse. Sigue viva y potente, aunque los humanos nos sintamos perdidos o abandonados. Podríamos, desde el luto, desde el dolor, recordar que el valor divino se potencia cuando los humanos hacemos comunidad.