Nelson Garrido: la estética del desencanto y la fe

 


 

 

Por Álvaro Mata

Para afianzar los rudimentos de su oficio, en los años ochenta Nelson Garrido retoma los viajes de su juventud. Fotografía no directamente a la persona, sino su reflejo difuminado: la sombra y los velos que revelan más que la faz natural. Así nace la serie Reflejos humanos, hecha en Europa, donde destaca el ojo de un esteta que recorre calles buscando vitrinas sugerentes, detalles del cuerpo femenino y animales muertos, gemas que brillan con fuerza dentro del conjunto. Aquí su propio lenguaje empieza a perfilarse.

De regreso a Venezuela, comienza a oler a podrido. En febrero de 1989 estalla una primera olla fétida que acabará con la estabilidad de la moneda nacional, drama político y social que desembocará en el “Caracazo”, suceso que desató una espiral de violencia impredecible.

Esta descomposición cristalizará en los motivos de su potente serie Muertos en vía (1987-1988): gatos, perros, caballos o chivos atropellados a un costado de la carretera, solazados sobre sus brillantes tripas. Imágenes que hacen público lo privado, pues exponen el interior del cuerpo del que no queremos saber. Esta serie nos ayuda a morir un poco para salir reanimados y entender tan inevitable destino con ojos limpios y abiertos a reinterpretaciones de nuestros parámetros de belleza. Como anotó el propio Garrido: “Me interesa la relectura de un hecho que la gente ve constantemente en la carnicería, en la calle. Que la gente se detenga a pensar que tiene vísceras y que con eso pueden hacerse imágenes; es interesante como introspección a nivel colectivo”.

“Rintintín después del ataque comanche” y “Homenaje a Picasso o Chivo que se devuelve se esnuca” son capturas que sacuden porque recuerdan la muerte que seremos; pero, gracias al humor de sus títulos, restamos severidad al asunto para percatarnos de la fugacidad de la vida y el absurdo que nos ciñe. La década de los noventa traerá golpes de Estado fallidos y antipolítica. Las instituciones se tambalean y Garrido hurgará en las (des)creencias del venezolano a través de una de sus obras capitales, la iconoclasta serie Todos los santos son muertos (1989-1993). Partiendo de instalaciones en estudio —herencia de sus montajes teatrales de los setenta—, el artista revisita las figuras del cristianismo desde un cuestionamiento frontal del sistema de normas aceptado.

Nelson Garrido ejecuta una radiografía mordaz del sincretismo venezolano al hibridar ángeles renacentistas con devociones populares como José Gregorio Hernández y María Lionza. El santo se acompaña de una densa e hiriente acumulación de elementos sacros y sacrílegos que dibujan el rompecabezas de nuestra antropología cotidiana: una puesta en escena barroca cuyo choque de color recuerda un retablo popular, construyendo una metáfora visual para confrontar al espectador con la dolorosa disolución de la fe en una sociedad en crisis.

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