Nelson Garrido, el margen como elección

 


 

 

Por Álvaro Mata

Hijo de militar diplomático, signado por la tensión entre el orden institucional y la pulsión artística, Nelson Garrido transitó una infancia y juventud itinerante entre Italia, Francia y Chile. Sin embargo, su primer gran punto de inflexión creativo se gestó en el París previo al Mayo del 68. En el taller de Carlos Cruz-Diez adquirió el rigor técnico y la disciplina de la mirada, y también absorbió la efervescencia de un entorno intelectual que cuestionaba radicalmente el sentido del mundo y la función de la imagen en las sociedades contemporáneas.

Esa inquietud crítica cobró cuerpo durante su paso por Santiago de Chile. En un ambiente prerrevolucionario, comenzó a experimentar con los Microencapsulados: diapositivas intervenidas en las que encerraba insectos, aprisionando la materia viva en el soporte fotográfico. Fue también allí donde retrató a Nicanor Parra, un encuentro decisivo que lo vinculó con el universo de la antipoesía. De esa lección aprendió a desconfiar de las solemnidades estéticas para articular una mirada marcada por la ironía, el desencanto y la irreverencia que terminaría por signar su cuerpo de trabajo posterior.

Al regresar a Venezuela, Garrido tomó una decisión consciente y rotunda: despojarse del confort de la casa paterna para instalarse en Carapita, una de las zonas populares más dinámicas y complejas de la Caracas cerro arriba. Permaneció allí durante una década, sumergiéndose en una geografía donde la vida transcurre a otra velocidad. El cerro no fue para él una escenografía pintoresca ni un ejercicio de voyerismo social, sino un bastión crítico y ético desde el cual enfocar la realidad sin los filtros condescendientes de la élite visual capitalina.

En ese entorno de empinadas escalinatas y arquitectura espontánea, la fotografía se transformó de inmediato en una herramienta de praxis comunitaria y pedagógica. Bajo la orientación política, humana y artística del dramaturgo y pintor César Rengifo, dictó talleres, proyectó cine y se involucró de lleno en las reivindicaciones de la dinámica del barrio. Las tradiciones populares, la religiosidad profunda y la cotidianidad pasaron a ser la piedra de toque para confrontar la iconografía oficialista y los discursos de la modernidad petrolera que dominaban el país.

De esa densa vivencia colectiva surgió Mayo 1979, testimonio fotográfico donde el suceso cotidiano, el paisaje urbano, la violencia velada y el desnudo conviven sin jerarquías ni artificios. En Carapita, Garrido asumió la postura conceptual que definiría de por vida su carrera: la renuncia deliberada al centro privilegiado para hacer del margen, lo periférico, lo visceral y lo sistemáticamente omitido su definitivo centro de operaciones.

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