«Profundo» y el Dorado subterráneo de José Ignacio Cabrujas

José Ignacio Cabrujas es una de las inteligencias más preclaras que dio el siglo XX venezolano. Hombre de teatro en su más amplia acepción —autor, director, actor— y agudísimo analista político, su mirada diseccionó como ninguna otra las costuras y contradicciones de nuestra accidentada modernidad. Tras foguearse en la época dorada del Teatro Universitario de la Universidad Central de Venezuela y padecer los rigores carcelarios de la dictadura de Pérez Jiménez, los años sesenta le sirvieron para sacudirse los dogmas ideológicos y encontrar una voz personalísima, orientada a rescatar las anécdotas menudas de nuestro pasado para arrojar luces sobre el presente.
Fue bajo este impulso renovador que fundó, junto a Román Chalbaud e Isaac Chocrón, El Nuevo Grupo, plataforma desde la cual estrenó en 1971 Profundo, una de las piezas más emblemáticas y feroces de la dramaturgia nacional. La acción, cargada de misterio, ambigüedad y sarcasmo, transcurre en un precario cuchitril donde una singular familia vive obsesionada con un hueco excavado en el suelo. Bajo el mandato despótico de La Franciscana, los personajes consagran su existencia a buscar un tesoro que supuestamente enterró el padre Olegario hace muchos años.
A través de esta estructura aparentemente sencilla, Cabrujas hilvana una metáfora implacable sobre la Venezuela petrolera. Al igual que los personajes de la obra, el país sustituyó su historia por la mitología del azar y el dinero fácil. Para el dramaturgo, el petróleo es el equivalente moderno de los baúles de morocotas que los españoles enterraron durante la Independencia: una riqueza que no proviene del trabajo ni del mérito, sino del simple acto de cavar hoyos en la tierra. En el clímax de la pieza, el personaje de Manganzón comienza a extraer del foso objetos de evidente carga simbólica: un sable, una bandera, un muñeco y un barril, antesala del inevitable desenlace. Lejos de topar con las ansiadas monedas de oro, rompe accidentalmente una cloaca. El hedor putrefacto y los miasmas invaden la escena, revelando la verdadera naturaleza de ese Dorado subterráneo. Sin embargo, el golpe maestro de Cabrujas no recae en la denuncia, sino en la resignación final de los personajes, quienes, tras habituarse rápidamente a la podredumbre, deciden seguir creyendo en sus propias mentiras para dar continuidad al letargo.
Hoy, a más de tres décadas de su partida, la voz precisa de Cabrujas se echa de menos en un país que parece seguir atrapado en el fondo de ese mismo hueco, suspendido entre la ilusión del milagro y el olor penetrante de sus propias cloacas. Su teatro permanece como un espejo incómodo y necesario para entender el suelo que pisamos.
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