La estética del desecho: Homenaje a la necrofilia

Noviembre de 1962. El garaje de la Quinta Villaflores 16, en una esquina de la Avenida Casanova en Sabana Grande, se convierte en el epicentro del mayor escándalo estético de la vanguardia venezolana. El grupo El Techo de la Ballena presenta una muestra que sacude por completo la zona de confort del público de la época: el Homenaje a la Necrofilia, primera exposición del médico, poeta y artista Carlos Contramaestre. Ninguna otra exhibición en la historia de las artes plásticas del país despertaría tantos comentarios en prensa, radio y televisión, logrando su cometido de agitar la falsa conciencia y escandalizar a la burguesía caraqueña.
En plenos años sesenta, mientras en Venezuela se inaugura el período democrático y, con él, la lucha armada clandestina, este grupo de creadores buscaba irrumpir con planteamientos incómodos apelando a la exploración de lo feo, lo urbano y lo necrofílico. La muestra fue recibida como una auténtica profanación. Valiéndose de su formación médica y de una oscura sensibilidad, Contramaestre trabajó durante ocho meses combinando fémures, costillares y cráneos de animales con vísceras, pieles y reproducciones de placentas aglutinadas con yeso y resina. Con el paso de los días, la carne de res inevitablemente comenzó a pudrirse, el penetrante olor inundó el espacio y aparecieron los gusanos. Interrogado sobre la duración de sus doce pinturas en relieve, el artista respondía con ironía que durarían «el tiempo que tarda un muerto en pudrirse».
La atmósfera del lugar, custodiada por una cruz de madera del cementerio de Chacao y un letrero que advertía «No se admiten perros», reforzaba el asalto sensorial. Durante la inauguración se repartieron cocteles de hígado de ballena, mientras un pintor informalista montado en el techo arengaba proclamas políticas ignoradas por los concurrentes. Ante obras con títulos tan provocadores como Beso negro o Prolapso necrofílico, figuras de la tradición pictórica nacional reaccionaron con desprecio; Pedro Centeno Vallenilla la tildó de una resaca dadaísta inferior y Marcos Castillo la calificó como un mero «residuo de hospital». El impacto y la crudeza de la obra fueron tales que las autoridades sanitarias y la Digepol —la policía de la época— intervinieron violentamente para clausurar la exposición bajo titulares que denunciaban «aberraciones pornográficas». Debido a la naturaleza efímera de la materia orgánica, la gran mayoría de las piezas se descompusieron y apenas se conserva un par de ellas en colecciones privadas. Hoy en día, decantado el panorama por el paso de las décadas, aquel evento y los pocos vestigios que quedan pasaron a convertirse en hitos ineludibles de nuestra vanguardia por excelencia.
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