Armando Reverón: la política del desapego

Sobre Armando Reverón se ha escrito mucho, pero se ha dicho muy poco. Quizá porque apenas hemos atisbado la verdadera magnitud de su fuego creador y la trascendencia de un legado que no solo habita en los lienzos, sino en el aire mismo de Macuto.
Nacido en Caracas en 1889, Reverón fue marcado desde temprano por el ensimismamiento tras una fiebre tifoidea a los doce años. Luego de su paso por la Academia en Caracas y su formación en la España de Velázquez y Goya, el artista regresó a su patria para emprender un viaje hacia lo profundo. Siguiendo el consejo del ruso Nicolás Ferdinandov, se retiró al litoral central para enfrentar la soledad con el valor de un anacoreta. Este “retiro” fue, para muchos, un apartamiento voluntario; una forma de distanciarse del ruido de la ciudad y, tal vez, de la sombra de la dictadura gomecista que imperaba en la época.
Invocando la soledad como un privilegio de la vida más primitiva, Reverón asumió sus tareas en El Castillete dentro del más completo aislamiento. Allí, mientras se ataba la cintura con una faja para separar lo espiritual de lo visceral y se taponaba los oídos para escuchar solo su ritmo interno, Reverón construyó una soberanía propia hecha de arena, palmas y luz cegadora. Para él, no había más política que la captura de la luz.
Es en este contexto de absoluto desapego donde cobra fuerza una anécdota recogida por Raúl Nass. Corría el año 1947 y Rómulo Betancourt presidía la Junta Revolucionaria de Gobierno. Estando el mandatario en la residencia de La Guzmania, en Macuto, decidió visitar a su viejo amigo Armando, a quien no veía por razones obvias desde hacía tiempo. Al llegar la comitiva presidencial al Castillete, el pintor recibió a Betancourt con la alegría genuina de quien recupera un afecto del pasado:
—¡Rómulo, qué gusto me da verte! Hace tanto tiempo que no te veía. ¿Dónde estás ahora?
Betancourt, acaso sorprendido por la desconexión total del artista con los hilos del poder, respondió lacónicamente:
—¿En dónde voy a estar? En Miraflores. A lo que Armando, con la pureza de quien ha sustituido los pigmentos industriales por el óxido de la tierra y la magia de lo elemental, replicó con asombrosa sencillez:
—¡Ah chico, qué bueno! ¿Te dieron un puesto?
Para el hombre que buscaba una pintura “verdaderamente venezolana”, los cargos, los premios y el dinero eran accesorios irrelevantes. Su política era la transparencia; su partido, la incandescencia del blanco. Reverón nos enseña que, frente a la vacuidad de los puestos temporales, solo el arte prevalece como el único territorio de libertad absoluta.
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